la frase del momento

"¿No es la cerveza la bebida de la sinceridad, el filtro que disuelve toda hipocresía, toda la comedia de los buenos modales, e incita a sus aficionados a orinar sin pudor y engordar con despreocupación?"

M. Kundera


martes, 30 de octubre de 2007

Ejercicios ascéticos cortoplacistas a través de la vagancia

No sé si será por el otoño, por algún desequilibrio físico, -bien sea falta de potasio, carencias venéreas o exceso de humo- o por las secuelas de una depresión post-vacacional mal curada, pero la verdad es que acarreo una pereza monumental que me impide afrontar cualquier actividad con un mínimo de expectativas. Todo se me antoja insondable e inabarcable, todo me resulta banal, de tal forma que me dejo llevar por la apatía y encuentro -ya de por sí, una gran propensión mía- que desperdicio el tiempo de una forma obscena. Tanta desidia representa un vicio depravado que, desde una óptica cortoplacista, se debe combatir.

No resulta extraño confundir la pereza con la vagancia. Pero a pesar de que, ciertamente, comparten campo semántico, son conceptos radicalmente diferentes. La vagancia, de todas todas, es una emoción positiva, una optimización en lo confortable y en lo inmediato. Una suerte de meditación hedonista y material que consiste en gozar con lo mínimo, para centrarse en el ser de uno mismo, no renunciando a los estímulos sensibles, sino a través de ellos, a través del minimalismo elemental de la vagancia, logrando una perfecta sintonía entre los sentidos y la mente, relegando lo verdaderamente accesorio de nuestro ser. Hay antecedentes del cortoplacismo al respecto: il dolce fer niente o el Hori Abso. A través de estos momentos de sublimación es frecuente lograr la armonia de la mente y la excelencia de la conversación.

No cabe duda que la vagancia es un estado de perfección cortoplacista. Por contra, la pereza es una degeneración, un vicio, -como decíamos, depravado- en el que es fácil caer si no se sabe canalizarse hacia la vagancia. Es el desdén, la apatía, la falta de ganas de disfrutar cualquiera de los múltiples estímulos que se nos presentan, proyectando su lado negativo en la mente, regodeandose en ello. Recordemos, un sujeto está vago, mientras que un objeto da pereza a un sujeto. Es, pues, a parte de una experiencia pasiva, es negativa y, en definitiva, no se goza en tal situación.

De esta forma, la sana actitud cortoplacista no es regodearse en la pereza, no se trata de proyectar la acción indeseable en la mente mientras se procura reunir fuerzas para encararla, sino se trata de no dejarse llevar por inercias viciosas y envilecedoras de este tipo, para poderse consagrar en la sana y edificante vagancia y encontrar, de este modo, el equilibrio de la mente.

Por consiguiente- y que me perdone Felipe-, voy a tratar de hallar el equilibrio de mis humores rascándome gozosamente la tripa en el sofá.

sábado, 13 de octubre de 2007

CULTURA, INDIVIDUO E IDENTIDAD

El multiculturalismo, palabrejo de moda, parte de una premisa errónea. Considera que la humanidad se divide en diferentes construcciones culturales, a modo de departamentos estancos e inalterables. Pero no hay diferentes culturas finitas, sino una, la humana, o infinitas, tantas como manifestaciones culturales. Cultura es uno de los conceptos más confundidos, deformados y, en definitiva, manipulados de los que se airean habitualmente. Cultura no es más, ni menos, que los comportamientos que adquirimos. Así, a modo de ejemplo, si bien el sexo no es un elemento cultural, sí lo es el significado que le damos y la forma de practicarlo. Consecuentemente, es realmente inviable hacer un sumario de culturas. Pero no sólo eso, carece de sentido realizarlo, porque, para disgusto de esencialistas varios, si algo caracteriza a la cultura es precisamente su ductibilidad. La cultura ha sido una respuesta evolutiva de gran éxito porque permite una más ágil adaptación al medio. La cultura permite, pues, el cambio y si algo la define, de hecho, es su alterabilidad, conjuntamente a su capacidad de ser difundida. De esta forma, resulta un total sinsentido parapetarse en el determinismo cultural del individuo como sugiere la tendencia multiculturalista.


La principal fuente del multiculturalismo es el particularismo histórico de Franz Boas, que fue una reacción al etnocentrismo del evolucionismo antropológico decimonónico. Boas entendió que cada manifestación cultural, lejos de pervivencias y arcaísmos, parte de un significado que nada tiene que ver con el que se diera desde una construcción cultural distinta. De tal premisa, se infirió que cada construcción cultural -cada Cultura en mayúsculas- tenía un sentido ahistórico coherente per se. De ahí emanan los posicionamientos multiculturalistas en los que se habla de la convivencia entre culturas, cayendo, como tantos, en el vicio esencialista de no concebir que quien convive son las personas, no las culturas. Las culturas coinciden según el uso que le den las personas, según la conveniencia que le otorguen a cada una de ellas. Así, se tiende a renunciar a las hachas de sílex y depende para qué se prefiere el láser.


La cuestión está en que, vicios de la sinécdoque, se tiende a confundir la cultura con la identidad. Porque cuando se apela al multiculturalismo acostumbra a ser ante polémicas axiológicas generadas por elementos identitarios exógenos. Los elementos identitarios son, efectivamente, manifestaciones culturales. Pero, precisamente, por ello, no es algo inmutable, sino más bien adquirido. La identidad, por mucho que clamen sus paladines, no entra en el campo de las esencias colectivas, sino más bien de los derechos individuales. Y en democracia, sin asomo de duda, los derechos individuales entran en el campo de la igualdad.


Todo este rollazo viene a colación con la polémica que genera el uso del hiyab, o pañoleta islámica, en una sociedad más o menos laica, como la nuestra. A ese pedazo de tela que gustan lucir las musulmanas devotas se le están dando diferentes significados culturales. Los prohibicionistas tienden a alegar que es un símbolo de la sumisión de la mujer mientras que sus contrarios lo consideran una muestra de su opción religiosa. Entiendo que los significados son irrelevantes, a pesar de que, como materialista y hedonista, yo cargaría más las tintas. De hecho, quien ha de establecer el significado de llevar cubierto el cabello no es ni el centro educativo ni los progenitores de la criatura, sino es ella misma la que ha de valorar si esa prenda es una muestra de sus sentimientos más íntimos, una marca de represión o una antigualla fea e incómoda.



El problema reside en que alguien considere que sus decisiones religiosas estén por encima de la ley o que, despreciando la igualdad, juzgue que sus íntimos planteamientos merecen privilegios. Resulta una injusticia valorar en una sociedad democrática una opción personal más trascendente que otra, es decir, no es oportuno conceder privilegios a unos elementos identitarios sobre otros. De hecho, resulta una osadía, una discriminación y una falta de respeto en democracia pretender más íntimo o profundo el islam o el cristianismo que el heavy, los trekkies o los adoradores de El Sátiro de El Raval. Así, las autoridades públicas son las que les toca establecer, siguiendo principios racionales, cuándo el derecho a la propia identidad o imagen choca con las necesidades de la vida en sociedad o, sencillamente, la ley.


Lo dicho no quiere decir que nuestro sistema democrático no sea imperfecto, concretamente, en la cuestión religiosa y que, por lo tanto, los musulmanes no puedan reclamar un trato de igualdad por parte de las instituciones públicas. Ciertamente, la iglesia católica dispone de privilegios. Por poner un ejemplo, las festividades religiosas asumidas como oficiales. Nada tienen que celebrar los protestantes, los musulmanes y los ateos en la semana santa, el 15 de agosto o el 8 de diciembre, por poner tres ejemplos, mientras que los mahometanos agradecerían poder gozar de facilidades para el ramadán.

jueves, 11 de octubre de 2007

Tiempo de setas

Llueve a cántaros en Barcelona. El otoño anuncia su llegada paulatinamente, asentándose poco a poco en la metereología y, así, en nuestras vidas. El ciclo anual se va estableciendo inexorablemente con una ortodoxia propia de libros de texto. Empezamos a lucir ropa de abrigo y dejando atrás los hábitos que cada año adquirimos en verano.

En el Piso Franco estamos espectantes. Aguardamos ansiosos, salivantes, que las lluvias hagan su normal efecto en el humus de los bosques cercanos y trufen la campiña mediterránea y, con ello, el mercado, de setas. Ya asoman los primeros ejemplares en las paradas a precios aberrantes. Nosotros, como buitres leonados, como seres secundarios de la cadena alimentaria del capitalismo, sobrevolamos en círculos, esperando que el mercado se sature de tan sabroso manjar y se sitúe a nuestro alcance económico. Como brokers del estómago, cual buitre leonado hambriento y paciente, nos abalanzaremos sobre tan deseado producto y nos daremos el festín anhelado, a base de salteado de morcilla. Celebraremos, así, el rito del equinocio descorchando un vinazo para acompañar tan suculento plato y daremos, de esta forma, por abierta la temporada gastronómica del frío.

Y que vengan los estofaditos.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Del temido estrés

Juraría que la incógnita más difundida a lo largo y ancho de la red (y fuera de ella) es por qué millones de blogs están dedicados al anodino relato insufrible de las patéticas y banales vivencias de su autor.

No me cabe duda alguna de que la respuesta está más bien alejada del tema enunciado en el título de esta divagación y, de hecho, cuando tenga tiempo disertaré sobre lo peregrina que debe ser la vida de un habitual autor de blogs (sobre todo de los fotologs esos, que dan una grima que pa qué).

Sin embargo, el estudio estadístico (¡OH SÍ! ¡ESTADÍSTICO!) de la frecuencia de actualización de este blog arroja unos datos sobrecogedores. No es por afán competitivo, pero últimamente parece El Blog de Jacobino Irredento, y temo que las bibliotecas públicas de nuestro país se vean desbordadas por hordas de lectores en busca de diccionarios enciclopédicos.

Como no desearía caer en el estruendoso error de practicar aquello que denuncio y, por otra parte, no tengo tanto tiempo, me remitiré a la frialdad de los datos estadísticos de la última temporada:

Récords:

- Litronas de cerveza vacías sobre la mesa: 12 (más una botella de refresco de Cola que nadie recuerda cuanto tiempo lleva aquí)
- Días sin fregar el suelo: 180
- Horas con el mismo CD: el CD se engancha. Agradecemos donaciones para comprar un equipo nuevo.
- Comensales: 0
- Ceniceros rebosantes distribuidos por el hogar: 8

Medias:

- Precio por plato: ya no tenemos tiempo de calcularlo.
- Borracheras semanales: 7/persona
- Horas de trabajo semanales: 52/persona
- Fidelidad de los camellos: ¿eso qué era?
- Vida social: se detectan trazas.
- Entradas publicadas (últimos 6 meses): 0,08/día

Conclusiones:

Constatamos que las recomendaciones indicadas en el último estudio han sido ignoradas, vilpendiadas, humilladas y profanadas. Exigimos al Muy Honrado Consejo del Piso Franco que comparezca con carácter de urgencia para explicar la situación, caso contrario solicitaremos su inmediata dimisión. No descartamos pedir la intervención de la UE por flagrante violación de la Declaración Universal de los Derechos Inquilinos.

Fuente: CEEPF (Centro de Estudios Estadísticos del Piso Franco)

Ortega y Gasset, ese mediocre pensador

Nunca me ha dejado de llamar la atención cómo la Historia de la Filosofía, esa mitómana disciplina, tiende a sentir devoción por autores mediocres y moralmente miserables. A través de la tribuna que me brinda graciosamente el ciberespacio, ya he clamado como se merecía contra ese insufrible personaje que fue el tal Platón. Que la furia de El Sátiro del Raval se precipite sobre su recuerdo y las siete plagas de Egipto sobre su cabellera.

Últimamente he estado bailando con la abracadabrante La rebelión de las masas, obra cumbre de Ortega y Gasset, el más reconocido de los supuestos filósofos españoles, el cual mantiene su prestigio, como si su obra realmente hubiese tenido talla mundial y siguiese siendo vigente. Es realmente llamativo que un autor tan mediocre, obsoleto y moralmente deleznable no haya sido desacreditado públicamente y sepultado por la Historia como tantos otros cuya aportación a la Historia de la cultura y la filosofía ha sido, cuanto menos, dudosa.

Ortega fue un autor, para empezar, obsoleto e intrascendente, cuya mentalidad, representativa de los críticos años de entreguerra y su repunte autoritario, estaba totalmente moldeada por unos valores y unos principios coetáneos que a la sazón empezaban a resultar ya caducos y superados. Su obra rezuma los postulados del elitista y pretencioso novecentismo, gozando de una notable influencia de Nietzsche y Spengler, por no hablar de planteamientos antropológicos ya obsoletos por esas fechas, simplificaciones del evolucionismo decimonónico o de la historiografía hegeliana. Pero, más allá de la irrelevancia de sus aportaciones, molesta la simpleza de sus argumentos, siendo, como fue, un autor tan arrogante y tan celoso de la excelencia.

El concepto de masa, básico en su obra y central en el periodo de entreguerras, lo encara de una forma endeble y lamentablemente falaz. Lo contrapone a una exquisita elite que la define con una mera aspiración de distinción en oposición a una masa que Ortega desprecia por su postura acomodaticia y hedonista, juicio que, no cabe duda, merece la más feroz reprobación del Piso Franco. De hecho, sin atisbo de pudor, no repara en criticar el acceso de las masas a bienes, y placeres previamente exclusivos de, qué casualidad, las elites. Denuncia del que, sin duda, se siente elite.

Pero lo más sorprendente es que le atribuye a la masa, paradójicamente, una voluntad indómita y dominadora que, atiza, no acepta, para disgusto de Ortega, la sumisión respecto a la necesaria minoría, o con la terminología militar que gusta utilizar el ilustre pensador, de obediencia al mando irrenunciable por esa vaporosa elite. De hecho, el interfecto no se ahorra reivindicar a la aristocracia tradicional a la que juzga, ¡recorcholis!, legitimada por sus meritos a través, ni más ni menos, del derecho de conquista. Asombrosamente el personaje no da muestras de sonrojo al considerarse liberal, planteamiento político que describe, el tan adalid de la excelencia, como un simplón mero ejercicio de generosidad del fuerte sobre el débil, al que se le concede, graciosamente, la tolerancia de su existencia.

El discurso de este pájaro es, en definitiva, elitista y reaccionario, levantando enormes sospechas de esconder obscenas muestras de conciencia de clase del que se siente elite, supuestamente intelectual, a pesar de que el nivel de sus escritos, sin duda, no lo refleja por mucho que se lo .arrogue Ortega. De hecho,- vidas paralelas-, Platón también denunció los privilegios perdidos en la Atenas democrática, y para ello ideó una República regida por filósofos, es decir, por los que considera igual de excelsos que él.

No cabe duda, Ortega y Gasset merece el mismo desprecio que Platón, a pesar de que sus consecuencias fatales no son comparables a la del griego

martes, 25 de septiembre de 2007

El componente fascistoide de la higiene

Reconozco públicamente, con la misma vergüenza expresada por Günter Grass por su pasado nazi, que me he dejado llevar por la ira al encontrarme un nido de cucarachas en el eso donde se guardan los cuchillos y de un arrebato me he puesto a hacer limpieza- al fin, diréis muchos- en esa roñosa cocina. A golpe de higiene he ido exterminando, con minuciosa saña, todas las cucarachas que se me han puesto a tiro, con el deseo incontenible y no sé si inconfesable, de aniquilar a las cucarachas de la faz de mi cocina. Una furiosa pasión se ha adueñado de mi pecho. Sí, estaba fuera de mí.

Inmerso como estaba en esa lógica higiénica y purificadora, a medida que mis humores volvían a su habitual equilibrio, me he asustado al comprobar el ímpetu, el ardor guerrero que momentáneamente me ha invadido, asomando, de esta forma, el pequeño fascista que todos llevamos dentro. Entonces me he planteado el componente fascistoide de la higiene, esa ansia por limpiar, por dejar impecable, con su elemento estético, esa asepsia artificial, ese odio, ese acabar con la mierda, considerada portadora de todos los males, esa necesidad de sentirse dueño y dominador del espacio. Esa irreal lucha por un mundo imposible donde solo cabe tu pura higiene y que se de da de bruces con un mundo más plural, variopinto e incontrolable. ¿Dónde está la conviviencia con la mierda? ¿y con las cucarachas? ¿Por qué me atribuyo esa cocina si esas inocentes cucarachas pasan más horas que yo, más parte de su vida que yo de la mía en ella?¿Por qué acabar con ellas si son pacíficas e incluso esquivas?¿Por qué ese reguero de cadáveres de cucaracha? Me miro el bote de cucal, me vienen a la cabeza símiles sencillos y me pregunto qué me hace pensar que soy mejor que ellas.

Es difícil mantener un hogar habitable y no experimentar poderosos debates morales. Si a ello le sumamos lo agotador de la actividad, espero que la humanidad comprenda en silencio el estado cochambroso del Piso Franco.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Ejemplo de populismo

Para desgracia de los simpatizantes socialistas y ciudadanos españoles en general, aunque para regocijo, tal vez, de estudiosos de ciencias políticas, el gobierno de Rodríguez Zapatero nos está ofreciendo un último año de legislatura de populismo ejemplar, clásico, ortodoxo, de manual, como quien dice. Ante la inminente contienda electoral que nos tiene preparada la cruel agenda política de este país, las mentes pensantes del PSOE han detectado los puntos en los que entienden que cojea su propuesta para las urnas y se han puesto manos a la obra. Ni cortos ni perezosos han confiado en el decálogo del buen populista para alcanzar su objetivo, su triunfo.

Así pues, como si estuviésemos en las rebajas legislativas, nos ofrece una batería de promociones fin de campaña, agresivas ofertas sobre las cuestiones más sensibles para la opinión pública, el AVE para navidades, suculentos descuentos en materia de vivienda que, como la mayoría de ofertas reclamo llamativas son, siendo benévolos, de dudosa solvencia. Se trata, como vemos, al elector como consumidor electoral, susceptible de ser seducido de la forma más burda, lejos, muy lejos, del responsable miembro de la comunidad política que uno se esperaría de un verdadero socialista. En definitiva, el PSOE renuncia sin complejos a ejercer de partido político y se contenta, banalizando todo lo que puede la política, con ejercer de distribuidor grandilocuente de recursos, cual perfecto populista. Luego se sorprenden, o no, de la abstención, toda una rebelión de las masas y no lo que sugiere Ortega (se masca un post sobre Ortega Gasset, muchachos, estáis advertidos).

Pero no se queda aquí el perfectamente ortodoxo populismo del, snif, PSOE. No han dudado en presentarnos la imagen de un líder mesiánico benefactor, iluminado de gracia para su pueblo. De qué si no, nos iba a presentar el Presidente del Gobierno, en el ejercicio de estas funciones, en pleno debate sobre el Estado de la Nación, su vistosa propuesta de los 2500€ por hijo, propuesta populista en el fondo y la forma donde las haya. No cabe duda de que no era el lugar ni el modo de presentar una propuesta política. Resulta obscena la utilización de esta propuesta como ardid en el debate para salir airoso y aprovechar la relevancia mediática del momento. Resulta denigrante la escenificación del benefactor que concede discrecionalmente dádivas a su sufrido pueblo. ¿Dónde está el debate público?¿dónde está la plasmación de la medida en el proyecto político del PSOE de su programa electoral?¿dónde está el calendario político que marcaba la propuesta en la legislatura? Nuevamente, queda el ciudadano como espectador pasivo de los cálculos partidistas de nuestras autoridades políticas.

El Presidente del Gobierno ha seguido desde entonces trabajando su imagen de líder iluminado. Recientemente, sin atisbo de rubor, nos explicaba, conmoviendo el corazón de todos los españoles, cómo decidió personalmente, mientras viajaba por las vastas tierras patrias, en un momento de inspiración, unificar la marca de Gobierno de España, para mayor satisfacción de su electorado deseoso de algún guiño centrípeto, por banal que resulte. Sin ningún pudor, pues, se personaliza al máximo el gobierno y sus decisiones, ninguneando su propio proyecto y equipo político, encomendándose en la medida de lo posible, al ámbito emocional. Leíamos recientemente también cómo justificaba su política terrorista con sus propias entrañas. Nuevamente, nos tenía José Luis a los españoles conmovidos. Como buen populista había sabido dirigir la cuestión a los sentimientos, en perjuicio, claro está, de su perfil de estadista, bello palabro.

lunes, 27 de agosto de 2007

blasfemia contra el cortoplacismo y la Furia incontenible de El Sátiro del Raval

Ya hemos clamado con la moderación pertinente sobre los perversos vicios del vano idealismo platónico. Con todo, en el caso del amor platónico podía llegar a ser algo inocuo o incluso venial, de hecho, puede no pasar de consuelo del desconsolado que ve inalcanzable el único y verdadero amor carnal, ya que la vida es muy dura y cruel, consagrándose, si no ejercitándose, en las artes de la lírica que, según dicen (yo, desgraciadamente, no lo he comprobado, cuando he recurrido a esas ardides me he llevado un contundente rechazo), pueden resultar efectivas para futuras chances.

Pero hay otras suertes de idealismo realmente perniciosas. Si bien el amor platónico tiene una base material, es decir, real, hay otros que se centran en elementos sin fundamento, un híbrido de la mente monstruoso, una especie de hidra de la conciencia que a golpe de cultura, algunos desgraciados seres humanos han generado en su mente, o más bien, se ha instalado en su mente, como parásito destructor (seguro que existe término biológico que vaya pintiparado, pero no voy a documentarme para saciar mi pedantería, no sufráis) que prácticamente la substituye.

Si bien el estúpido amoroso idealista puede llegar a ser devastador, sólo hay que abrir la sección de sucesos cualquier día para confirmar tan dramática circunstancia, el idealista abstracto(suena redundante, eh) en situaciones no tan extremas, tiene una capacidad de degeneración mucho mayor, ya que tiene una vocación gregaria enorme y un cuerpo teórico legitimado que anula al individuo y lo hace esclavo de una serie de elementos totalmente ajenos a la vida y sus verdaderos placeres sensibles.

Así, el idealista abstracto vive sin vivir en sí por cuestiones etéreas, irreales, absurdas. Hoy, sin ir más lejos, hemos podido constatar esta asombrosa circunstancia. Leíamos hoy en el, lamentablemente pagado por todos los catalanes, diario Avui, el alucinante, desconcertante, artículo de opinión de, por lo que nos han comentado, su director, en el que manifiesta su ansia, literal, de chute de identidad. Cuánta degeneración. Su dosis se fundamentaba, ni más ni menos, en la dudosa hazaña de que sonase el himno oficial catalán en un partido de un equipo de rugbi de Perpiñán, manifestando su total desinterés por el sin duda vibrante deporte. Inaceptable sandez que desprecia lo substancial y sobrevalora lo circunstancial.

http://www.avui.cat/article/opinio/4596/bany/didentitat.html

Sin duda, en su innegable sabiduría y su incuestionable ansia de justicia poética, el Sátiro del Raval se ha visto obligado a intervenir y, de forma simbólica, le ha evitado tan estúpida satisfacción con el retraso de la retransmisión por la publicidad, evitándole consumar tan impúdica pretensión.

Muchacho, empieza a redirigir tus deseos en cuestiones reales, universales, sensibles, y no en satisfacer tu Ego provinciano. Desde el Piso Franco nos tomamos la libertad de sugerir que te consagres a la degustación de suculentos manjares, a la libación de delicados caldos, al goce de libidinosos placeres, a la contemplación artística, al contacto con la naturaleza, en definitiva, a vivir. Te aseguro que es un buen consejo, sino, te verás abocado a la desazón que ilustra con clarividencia Pla y, además, por una esperanza vana y absurda.

lunes, 20 de agosto de 2007

La epifanía del sátiro del Raval

Entre cánticos dionisiacos, danzas voluptuosas y desenfreno etílico, celebramos hoy en el piso franco la llegada al mundo de nuestro mesías, nuestro paladín, nuestro guía espiritual. Un anticristo venido de nuestras peores resacas, de nuestras libidinosas pesadillas, de nuestros ínfimos momentos de lucidez.

El mundo no volverá a ser el mismo... y este blog tampoco. Fe de ello presta el escudo de armas del piso franco, visible en adelante en la cabecera de la web, tal como establece la ley de banderas 39/1981 acordada por el Muy Honrado Consejo del Piso Franco.

martes, 14 de agosto de 2007

Odios íntimos y personales

De vuelta a la detestada estadística, como un sino irrefrenable del que no puedo escapar, tras afrontada, prácticamente de forma milagrosa, mi también despreciada tesina. Cuando sea ya un recuerdo de momentos pasados, tendré a bien colgarla para goce del ciberespacio, para que quede como testigo inadvertido de mi sacrificio.

No puedo dejar de volver a los orígenes y cagarme solemnemente en esa depravada disciplina llamada estadística. Clamo, pues, nuevamente, mi odio irreconciliable a esta puta mierda.

Aprovecho, con todo, para incorporar a mi conocida animadversión el no menos merecido y contundente repudio a esa estupidez burocrática que constituye el perverso CAP. No quiero dejar de hacer llegar al mundo mi desprecio por los pedagogos, una de las más lamentables manifestaciones de los vicios del mundo académico. Sin duda, mejor hubiese sido para la humanidad que no hubieran existido nunca.

Nada más íntimo y sentido que un odio bien asentado. ¡Qué placer en la indignación!