la frase del momento

"¿No es la cerveza la bebida de la sinceridad, el filtro que disuelve toda hipocresía, toda la comedia de los buenos modales, e incita a sus aficionados a orinar sin pudor y engordar con despreocupación?"

M. Kundera


sábado, 13 de octubre de 2007

CULTURA, INDIVIDUO E IDENTIDAD

El multiculturalismo, palabrejo de moda, parte de una premisa errónea. Considera que la humanidad se divide en diferentes construcciones culturales, a modo de departamentos estancos e inalterables. Pero no hay diferentes culturas finitas, sino una, la humana, o infinitas, tantas como manifestaciones culturales. Cultura es uno de los conceptos más confundidos, deformados y, en definitiva, manipulados de los que se airean habitualmente. Cultura no es más, ni menos, que los comportamientos que adquirimos. Así, a modo de ejemplo, si bien el sexo no es un elemento cultural, sí lo es el significado que le damos y la forma de practicarlo. Consecuentemente, es realmente inviable hacer un sumario de culturas. Pero no sólo eso, carece de sentido realizarlo, porque, para disgusto de esencialistas varios, si algo caracteriza a la cultura es precisamente su ductibilidad. La cultura ha sido una respuesta evolutiva de gran éxito porque permite una más ágil adaptación al medio. La cultura permite, pues, el cambio y si algo la define, de hecho, es su alterabilidad, conjuntamente a su capacidad de ser difundida. De esta forma, resulta un total sinsentido parapetarse en el determinismo cultural del individuo como sugiere la tendencia multiculturalista.


La principal fuente del multiculturalismo es el particularismo histórico de Franz Boas, que fue una reacción al etnocentrismo del evolucionismo antropológico decimonónico. Boas entendió que cada manifestación cultural, lejos de pervivencias y arcaísmos, parte de un significado que nada tiene que ver con el que se diera desde una construcción cultural distinta. De tal premisa, se infirió que cada construcción cultural -cada Cultura en mayúsculas- tenía un sentido ahistórico coherente per se. De ahí emanan los posicionamientos multiculturalistas en los que se habla de la convivencia entre culturas, cayendo, como tantos, en el vicio esencialista de no concebir que quien convive son las personas, no las culturas. Las culturas coinciden según el uso que le den las personas, según la conveniencia que le otorguen a cada una de ellas. Así, se tiende a renunciar a las hachas de sílex y depende para qué se prefiere el láser.


La cuestión está en que, vicios de la sinécdoque, se tiende a confundir la cultura con la identidad. Porque cuando se apela al multiculturalismo acostumbra a ser ante polémicas axiológicas generadas por elementos identitarios exógenos. Los elementos identitarios son, efectivamente, manifestaciones culturales. Pero, precisamente, por ello, no es algo inmutable, sino más bien adquirido. La identidad, por mucho que clamen sus paladines, no entra en el campo de las esencias colectivas, sino más bien de los derechos individuales. Y en democracia, sin asomo de duda, los derechos individuales entran en el campo de la igualdad.


Todo este rollazo viene a colación con la polémica que genera el uso del hiyab, o pañoleta islámica, en una sociedad más o menos laica, como la nuestra. A ese pedazo de tela que gustan lucir las musulmanas devotas se le están dando diferentes significados culturales. Los prohibicionistas tienden a alegar que es un símbolo de la sumisión de la mujer mientras que sus contrarios lo consideran una muestra de su opción religiosa. Entiendo que los significados son irrelevantes, a pesar de que, como materialista y hedonista, yo cargaría más las tintas. De hecho, quien ha de establecer el significado de llevar cubierto el cabello no es ni el centro educativo ni los progenitores de la criatura, sino es ella misma la que ha de valorar si esa prenda es una muestra de sus sentimientos más íntimos, una marca de represión o una antigualla fea e incómoda.



El problema reside en que alguien considere que sus decisiones religiosas estén por encima de la ley o que, despreciando la igualdad, juzgue que sus íntimos planteamientos merecen privilegios. Resulta una injusticia valorar en una sociedad democrática una opción personal más trascendente que otra, es decir, no es oportuno conceder privilegios a unos elementos identitarios sobre otros. De hecho, resulta una osadía, una discriminación y una falta de respeto en democracia pretender más íntimo o profundo el islam o el cristianismo que el heavy, los trekkies o los adoradores de El Sátiro de El Raval. Así, las autoridades públicas son las que les toca establecer, siguiendo principios racionales, cuándo el derecho a la propia identidad o imagen choca con las necesidades de la vida en sociedad o, sencillamente, la ley.


Lo dicho no quiere decir que nuestro sistema democrático no sea imperfecto, concretamente, en la cuestión religiosa y que, por lo tanto, los musulmanes no puedan reclamar un trato de igualdad por parte de las instituciones públicas. Ciertamente, la iglesia católica dispone de privilegios. Por poner un ejemplo, las festividades religiosas asumidas como oficiales. Nada tienen que celebrar los protestantes, los musulmanes y los ateos en la semana santa, el 15 de agosto o el 8 de diciembre, por poner tres ejemplos, mientras que los mahometanos agradecerían poder gozar de facilidades para el ramadán.

3 comentarios:

Don Alberto dijo...

Mini punto para el senyor jacobino.
Yo cada vez tengo mas claro lo de las culturas...eso no existe.
Que enun sitio coman gusanos fritos y en otros huevos de pato no puede entenderse como 'manifestacion cultural'.
Aqui todo el mundo quiere ser libre y tener sanidad y educacion...

adrián dijo...

Veo q has adoptado a la perfección el léxico antropológico. La forma es exquisita. Bravo!

Respuesta al contenido: sí y no. Cultura no es lo mismo q identidad, genial. Pero estás rozando el idealismo e incluso el anarquismo (por el q yo cada día tiendo a inclinarme más). Pretender q el resto de humanidad entienda una identidad cuando ésta se opone a tus intereses o creencias es difícil (no diré imposible). Las reflexiones teóricas sobre identidad, cultura, símbolos o creencias son mu bonitas pero tienden a diluirse en el confuso y revuelto mar de la más cruda realidad: el ser humano es puto instinto (disimulado en razocinio). No creo q sobreviva ni un día yendo a clase en tanga de leopardo para manifestar mi veneración a mi santo pene, único motivo de mi existencia y mi felicidad (aviso: situación hipotética).

Seguiremos discutiéndolo, no?

Jacobino irredento dijo...

Querido Adrián, te recuerdo que ya puedo ir diciendo por ahí que soy antropólogo:-P

De todas formas, te recuerdo, Amanda, que el texto no pretende ser político. No pretende modificar las normativas sobre escándalo público, aunque, ¿por qué no? De todas formas aclaro que el derecho individual a la propia imagen no está por encima de la racional convivencia y la ley. Por lo que en consideración a la conmoción sexual a las mozas y el colapso de asco y, por qué no decirlo, malsana envidia a los muchachos que generarías, un cabal bedel te solicitaría que taparas tu venerable falo.